26/10/2020
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Columna Eugenio Yáñez: Un santo de nuestro tiempo, para nuestro tiempo

El 18 de mayo se conmemoraron los 100 años del nacimiento de Karol Wojtyla en el pequeño pueblo de Wadowice, cerca de Cracovia en Polonia. Aunque se ha escrito y dicho mucho sobre él, recordemos algunos aspectos de

El 18 de mayo se conmemoraron los 100 años del nacimiento de Karol Wojtyla en el pequeño pueblo de Wadowice, cerca de Cracovia en Polonia. Aunque se ha escrito y dicho mucho sobre él, recordemos algunos aspectos de su vida. Fue el menor de los tres hijos de Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska, quien murió en 1929, cuando el futuro Papa tenía apenas nueve años. Su padre, suboficial del ejército, falleció en 1941. Fue uno de los primeros Papas en tener experiencia laboral antes de ser sacerdote. Siendo joven, cuando los nazis cerraron la Universidad (1939), trabajó entre 1940-1944 en una cantera y luego en una fábrica química para poder subsistir y evitar la deportación a Alemania. A la vez, no descuidó su afición por el teatro, la poesía y la filosofía.  Estudió en el seminario en la clandestinidad. Fue ordenado sacerdote el 01 de noviembre 1946. En 1967 el Papa Pablo VI lo nombró cardenal, siendo arzobispo de Cracovia. A la edad de 58 años fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978. Tras un largo pontificado de 27 años, partió a la casa del Padre el 2 de abril del 2005. A la sazón contaba con 85 años. El día de su muerte los miles de peregrinos que se congregaron en la Plaza San Pedro comenzaron a gritar espontáneamente: “santo súbito, santo súbito”. El Papa Francisco lo canonizó   el 27 de abril de 2014.

Son muchos los aportes del Papa, y obviamente es imposible abordarlos todos en una columna de opinión, que no tiene más sentido que recordar la figura de este hombre de excepción, que con su carisma, inteligencia, convicción y oración renovó la Iglesia. Benedicto XVI en su carta al episcopado polaco con motivo de los 100 años de su natalicio afirmó que Juan Pablo II no fue un “rigorista moral”, sino “un renovado liberador de la Iglesia”.

Desde el balcón de la Plaza San Pedro, el recién elegido Juan Pablo II, expresó: “los cardenales han designado a un nuevo obispo de Roma. Lo han llamado de un país lejano, lejano pero muy cercano siempre por la comunión en la fe y la tradición cristiana”. Naturalmente se refiere a la distancia cultural, no geográfica, una “lejanía” de la cual la misma Iglesia era tributaria. Juan Pablo II, acercó la Iglesia a la gente, fue un gran pastor. Recordemos que realizó 104 viajes apostólicos, celebró más de 1160 Audiencias Generales, que en total congregaron a más de 17,6 millones de peregrinos. Realizó 146 visitas pastorales en Italia y, como Obispo de Roma, visitó 317 de las 332 parroquias con que cuenta la ciudad.

El 22 de octubre, a pocos días se ser elegido Papa, en la plaza San Pedro expresaba a los peregrinos congregados por miles: “¡no tengáis miedo! Abrid las puertas a Cristo”. De igual modo en Chile el 02 de abril en el Estadio Nacional le decía a, los jóvenes con fuerza y convicción: “no tengáis miedo de mirarlo a Él”. Traigo a colación esto, pues ahora que estamos enfrentando una pandemia que nos mantiene en la incertidumbre y con miedo, tenemos puestas todas nuestras esperanzas en la ciencia, en la tecnología, en las autoridades, pero nos hemos olvidado de poner nuestra esperanza en la causa de todo bien, Dios.

En su arista “política” el “Papa polaco” como lo llamaban algunos cambió la historia de la humanidad, y por cierto la vida de muchas personas. Él fue clave en el término de la Guerra Fría. Sus tres viajes a Polonia fueron claves en este proceso. Tuvo un destacado rol político, entendiendo la política como “la prudente preocupación por el bien común” (Laborem Excercens, 20). Se reunió con muchos mandatarios recibidos en audiencia. Realizó 38 visitas oficiales, 738 audiencias y/o encuentros con Jefes de Estado, y 246 con Primeros Ministros. No puedo dejar de mencionar su escepticismo respecto de las democracias liberales, las cuales, al haber desistido de pilares fundamentales como la verdad y el respeto irrestricto de la vida desde su concepción hasta su muerte natural, deshumanizan la sociedad: “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia” (Centesimus annus, 46). Estas democracias han sido para el Papa caldo de cultivo que han engendrado una “Cultura de la Muerte”.

La vida de Juan Pablo II estuvo marcada por tres grandes amores, a) el amor a Dios, a la Virgen y a su Iglesia. No es necesario abundar en ello. Su testimonio de vida, sus escritos, sus profundas oraciones dan cuenta de lo afirmado; b) el amor a la verdad. Juan Pablo buscó, comunicó y defendió la verdad. Fue un gran pastor, pero también un gran intelectual. Escribió 14 encíclicas, entre las más importantes, Redemptor hominis (1979), Laborem exercens (1981); Centesimus Annus (1991), Veritatis splendor (1993), Evangelium vitae (1995), Fides et ratio (1998); 15 Exhortaciones apostólicas, entre las que se cuentan, Familiaris consortio (1981), Salvifici doloris (1984), Reconciliato et paenitentia (1984), Mulieris dignitatem  (1988),  Christifidelis laici (1988); 11 Constituciones apostólicas,  45 Cartas apostólicas, 5 libros, entre los más conocidos Cruzando el umbral de la esperanza (1994); y Memoria e identidad (2005); c) un profundo amor por el prójimo, reflejado en su propia vida. El amor de predilección por los pobres fue una carta de navegación de su pontificado.

Un último aspecto que deseo abordar tiene que ver con su aporte a la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Juan Pablo II revitalizó la DSI, bastante debilitada por las críticas provenientes de los sectores progresistas de lglesia, tras el Concilio Vaticano II, que la acusaban de reformista y, en consecuencia, carente de compromiso revolucionario. En su discurso inaugural de Puebla (28.01.1979), llamó a los obispos a “confiar responsablemente en ella, aunque algunos traten de sembrar dudas y desconfianzas sobre ella” (III, 7), agregando que la lglesia, “no necesita recurrir a sistemas e ideologías para amar, defender y colaborar en la liberación del hombre” (III, 2). Claramente aludía Juan Pablo II a la Teología de la Liberación.

En relación a la DSI san Juan Pablo II nos dejó un triple desafío. Un primer desafío de orden intelectual, que se traduce en conocer, comprender y profundizar en la DSI. Los católicos en general no la conocemos, no leemos las encíclicas sociales, las exhortaciones, etc. El papa Francisco señalaba al respecto: “No ignoro que hoy los documentos no despiertan el mismo interés que en otras épocas, y son rápidamente olvidados” (Evangelii gaudium)

Un segundo desafío de orden moral, nos llama a vivir conforme a los principios de la DSI, promoverla y defenderla. No es fácil ser coherentes con nuestros principios en un mundo que va a contracorriente de lo que creemos.  “Es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras sin asco, sin miedo” (Evangelii gaudium, 23) El tercer desafío lo podemos llamar “político”, en el sentido lato del término, es decir, como un prudente esfuerzo por el bien común. Consiste en pensar los grandes problemas del país a la luz de la DSI y ofrecer buenas y nuevas soluciones a viejos problemas, como la pobreza, la desigualdad, el sub desarrollo, la crisis medioambiental, la crisis de la educación, etc. Si logramos abordar exitosamente estos desafíos, la semilla del san Juan Pablo II habrá caído en tierra fértil, y el resto será añadidura.

Eugenio Yáñez
Director del Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián
Vocero Voces Católicas

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