28/10/2020
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Columna Jorge Blake: La Tirana y la religiosidad popular

La suspensión de eventos masivos se ha convertido en la tónica de los últimos meses. Las circunstancias que vivimos como país han forzado la cancelación de cumbres medioambientales, torneos deportivos, festivales de música y más. Se trata de

La suspensión de eventos masivos se ha convertido en la tónica de los últimos meses. Las circunstancias que vivimos como país han forzado la cancelación de cumbres medioambientales, torneos deportivos, festivales de música y más. Se trata de uno de los múltiples efectos colaterales derivados, primero del estallido social, y luego de la pandemia.

Hace unos días la Iglesia de Tarapacá comunicó oficialmente la suspensión de la tradicional fiesta religiosa de ‘La Tirana’. Así, este evento religioso pasó a engrosar la lista de ‘suspendidos’. Es evidente que esta decisión afectará a un considerable número de personas: a los fieles que participan año a año de las distintas ceremonias y ritos, a los que concurren por razones turísticas repletando hostales y campings, a los comerciantes que montan sus negocios aprovechando la población flotante, etc. Sin embargo, más allá de las consecuencias inmediatas para cada uno de estos grupos, cabe preguntarse: ¿Qué relevancia tiene una fiesta religiosa popular como ‘La Tirana’ hoy? ¿Qué hace que fiestas religiosas de este tipo aún subsistan en sociedades como la nuestra, cada vez más secularizadas y racionalizadas? La notable reflexión sociológica de Pedro Morandé acerca de la religiosidad popular nos ofrece algunas respuestas. De acuerdo con el sociólogo, la capacidad de la sociología para analizar la cultura latinoamericana desde coordenadas propias, distintas a las de la modernidad europea, ha dependido en gran medida de la revalorización del tema de la religiosidad popular:

Ella (la religiosidad popular) se ha impuesto a la reflexión por la magnitud de su presencia, pero también porque en ella no pudieron cumplirse las predicciones de los agentes desarrollistas. Desafiando los pronósticos y malos augurios no ha desaparecido, como se esperaba, en los “polos” de desarrollo urbano industriales. Antes bien, ha acrecentado su intensidad como expresión religiosa colectiva en prácticamente todos los países latinoamericanos. Este es un hecho verificado. Es, sin embargo, a la vez, un dato anómalo para los constructores de modelos y para los planificadores de la “ciudad secular”. Quienes esperaban que las expectativas sociales derivadas del cálculo racional y de la optimización funcional de medios y fines acabarían con el carácter y estilo religioso de la sociedad “tradicional”, no han podido ver cumplida su profecía[1].

Morandé propone situar la relevancia de las fiestas religiosas en el plano de la cultura. Ello implica descubrir en la religiosidad popular un modo particular de hacer sentido de la realidad histórica y de interpretar la vida humana, modo que sería propio de nuestro continente. En otras palabras, la fiesta religiosa es un modo de estar en la realidad y vincularse con ella, que impregna y define la cultura latinoamericana. Ello explica, a su vez, la persistencia de estas formas religiosas y por qué la crisis eclesial no logra erosionarlas: la religiosidad popular no descansa en fundamentos institucionales, sino en la tradición espontánea de un pueblo, transmitida de generación en generación.

Morandé interpreta la persistencia de la religiosidad popular como signo inconfundible de la resistencia de nuestra cultura latinoamericana hacia la imposición de una concepción racionalista de la sociedad. La fiesta religiosa implica un modo de comprender y vivir ‘lo social’ que se opone a la pretensión moderna de reducir el vínculo social a leyes e instituciones. La fiesta es representación, no reflexión, dice Morandé. Lo representado es la sociedad misma como unidad. Se trata de un modo de conocimiento de lo real que no sigue la vía de la razón analítica que establece distinciones y clasificaciones, sino de la razón sintética, aquella que reunifica lo real en la unidad de su sentido. La fiesta es comunión, encuentro, espontaneidad, don, afecto. Insinúa la unidad de la naturaleza y de la historia, de la persona y del mundo. Dicha unidad originaria deja al desnudo la artificialidad de las distinciones (legales, económicas, políticas) que la sociedad se ve obligada a hacer para organizarse en su vida cotidiana, introduciendo, roles y funciones. Lo fiesta es, por tanto, síntesis cultural: un tiempo y lugar donde lo que la razón ha desmembrado, recupera su condición unitaria. En una verdadera fiesta, no hay actores y espectadores, no hay jefes y ni subordinados. Todos son protagonistas. Ello no implica ignorar u olvidar nuestras desigualdades de facto -legítimas e ilegítimas-, sino recordar la igualdad originaria de nuestra condición humana en común.

Siguiendo el argumento de Morandé, sería un error juzgar la relevancia de una fiesta popular como ‘La Tirana’ en función de la autoridad y popularidad actual de la Iglesia Católica en tanto institución. Su significado y relevancia subsiste más allá de lo eclesial y, por ende, a pensar de sus crisis. Quizás por ello no sorprende que año a año la fiesta de La Tirana convoque a más de 200 mil personas y que en las últimas décadas solo haya sido cancelada en dos ocasiones (en 1991, a raíz de la epidemia de cólera y en 2010, por la epidemia AH1N1).

En medio de las múltiples diferencias que nos separan -solemos llamar a esto ‘individualismo’-, la tenacidad con que persiste la religiosidad popular en nuestra sociedad es signo de una necesidad profunda: volver a hacer presente (representar) que todos los seres humanos, sin distinción, venimos de un mismo origen y caminamos juntos -querámoslo o no- hacia un mismo destino.


[1] Morandé, P. (1984). Cultura y modernización en América Latina: ensayo sociológico de la crisis del desarrollismo y de su superación. IES. Página 199.

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