28/10/2020
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Fratelli tutti

En su tercera encíclica, el Papa analiza los múltiples obstáculos que se oponen a la fraternidad universal y apela no a los gobiernos o a los poderes económicos, sino a la sociedad civil para

En su tercera encíclica, el Papa analiza los múltiples obstáculos que se oponen a la fraternidad universal y apela no a los gobiernos o a los poderes económicos, sino a la sociedad civil para restaurarla.

Este domingo se publicó la tercera encíclica del Papa Francisco, la cual cierra una trilogía cuyo hilo conductor ha sido constatar una triple ruptura: la del hombre con Dios (Evangelii gaudium); con la Creación (Laudato Si´), y con sus hermanos (Fratelli tutti). ¿Cómo restaurar este vínculo en un mundo tan fragmentado, enemistado y polarizado? Re-ligando al hombre con su Creador, con la Creación y con las criaturas, es decir, restituyendo la fraternidad, cuya inspiración es “il poverello da Assisi”, quien representa “lo esencial de una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite”. En un gesto ecuménico, destaca la encíclica que “las religiones están al servicio de la fraternidad en el mundo”.

Al comienzo de la encíclica nos recuerda la visita de San Francisco al Sultán Malik-el-Kamil (año 1219), quien le preguntó al santo “¿por qué los cristianos predican el amor y hacen la guerra?”: “porque el amor no es amado”, respondió el santo. Ochocientos años después Francisco visita al Gran Imán de Al-Azhar en Abu Dabi. Fruto de ese encuentro es el “Documento sobre la Fraternidad Humana por la Paz mundial y la Convivencia Común” (4 de febrero de 2019), citado varias veces en la encíclica. En ocho capítulos, 120 páginas, 287 números y 288 pies de página, el Papa analiza los múltiples obstáculos que se oponen a la fraternidad universal. Precisamente una de las grandes amenazas es la guerra, incluso la “guerra justa”: “ante esta realidad, hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible ‘guerra justa’. ¡Nunca más la guerra!”.

El Papa nos invita a ser y hacer como San Francisco, quien atravesó mares, caminó kilómetros, cruzó fronteras y enfrentó peligros, para reunirse con el “enemigo”, y dar testimonio de fraternidad universal y de amistad social. La otra “figura” que utiliza el Papa es la del Buen Samaritano. Debemos seguir su ejemplo porque “al amor no le importa si el hermano herido es de aquí o es de allá. Porque es el ‘amor que rompe las cadenas que nos aíslan y separan, tendiendo puentes; amor que nos permite construir una gran familia donde todos podamos sentirnos en casa’”.

Francisco no apela, como en Laudato si´, a los gobiernos o a los poderes económicos para restaurar nuestra casa común, sino a la sociedad civil. Quizá, porque está convencido que ni la política, ni la economía actual son capaces de difuminar “las sombras de un mundo cerrado”, donde “el desprecio de los débiles puede esconderse en formas populistas, que los utilizan demagógicamente para sus fines, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos. En ambos casos se advierte la dificultad para pensar un mundo abierto que tenga lugar para todos, que incorpore a los más débiles y que respete las diversas culturas”.

El diagnóstico del Papa bien podría aplicarse a nuestro país, que se enfrenta a un futuro incierto. Recomendamos leer atentamente el capítulo VI, pues “acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo ‘dialogar’”.

Por Eugenio Yáñez, vocero de Voces Católicas

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