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Cristián León | Las campanas de Gaudí también son nuestras

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Columna publicada originalmente en El Líbero

Este 10 de junio de 2026, a las puertas de la Sagrada Familia de Barcelona, el Papa León XIV bendecirá la Torre de Jesucristo: 172,5 metros de piedra, luz y fe que convierten al templo de Antoni Gaudí en la iglesia más alta del mundo. No es un dato arquitectónico. Es una señal. Y llega exactamente cien años después de la muerte del hombre que la soñó.

Gaudí murió el 10 de junio de 1926, atropellado por un tranvía días antes, confundido con un mendigo por la austeridad de su vestimenta. Tenía 73 años, vivía en oración permanente y llevaba décadas entregando su genio a una obra que sabía que no vería terminada. Cuando le preguntaban si alcanzaría a ver concluida la Sagrada Familia, respondía con una serenidad desconcertante: «Mi cliente no tiene prisa». Su cliente era Dios. Ciento cuarenta y cuatro años después, esa paciencia de eternidad tiene nombre y fecha: 10 de junio de 2026, León XIV, Barcelona. 

Este es el cuarto viaje internacional del Papa Prevost —el primer pontífice nacido en Chicago, formado pastoralmente en las calles de Perú— y recorre España del 6 al 12 de junio. Madrid, Barcelona, las Islas Canarias. El lema que lo guía no podría ser más exacto: «Alzad la mirada» (Jn 4,35). Una exhortación dirigida a una Europa que mira al suelo, pero también un mensaje que resuena al otro lado del Atlántico, donde los hijos de esa misma fe llevan siglos mirando hacia arriba.

Porque este viaje no es solo español. Es hispanoamericano. Es nuestro. El 7 de junio, en el Movistar Arena de Madrid, ante miles de personas y junto al Santo Padre, el actor Antonio Banderas pronunció unas palabras que detuvieron el tiempo. Habló del arte como puente entre la Iglesia y el mundo, de cómo la Semana Santa de Málaga marcó su alma desde niño, de cómo los artistas tienen la obligación de ser «valientes como lo fue Cristo». Y cerró su intervención con una confesión que provocó una ovación histórica: «Yo estoy aquí confesando haber sido víctima del hechizo de Dios». 

Banderas no estaba haciendo teatro. Estaba nombrando algo que Gaudí encarnó como nadie: que la belleza no es un adorno de la fe, sino uno de sus caminos más directos. Que el arte no embellece solamente; también pregunta, denuncia, revela. Que cuando un arquitecto pasa décadas tallando piedra para gloria de Dios, o cuando un actor confiesa desde un escenario que Jesús es el protagonista de su vida, algo se abre en el corazón de los que miran. La Torre de Jesucristo que León XIV bendecirá el 10 de junio es exactamente eso: una pregunta de piedra lanzada al cielo.

Para los hispanoamericanos, este momento tiene una dimensión adicional que no deberíamos perder. España no es solo un destino turístico ni un capítulo de manual escolar. Es la madre de nuestra lengua, de nuestro derecho, de nuestra arquitectura, de nuestra manera de celebrar y de llorar. Santiago de Chile lleva el nombre de un apóstol. Nuestros sistemas jurídicos nacen de la Escuela de Salamanca. La devoción a la Virgen que late en Guadalupe, en Luján, en Lo Vásquez, en el Carmen: todo eso brotó del mismo suelo espiritual que levantó la Sagrada Familia.

León XIV lo sabe mejor que nadie. Pasó décadas como obispo en Chiclayo, Perú. Conoce las procesiones del Señor de los Milagros, la viveza de la fe popular andina, la manera en que la religiosidad latinoamericana no es solo doctrina sino fiesta, comunidad, cuerpo entero. Su visita a España tiene algo de hijo que regresa a la tierra de sus raíces espirituales para decirle: lo que sembraste sigue creciendo.

Los frutos están ahí. Y quizás es hora de que Europa aprenda de sus hijos americanos. Ante el Congreso de los Diputados, el 8 de junio, León XIV recordó que «toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana» y que esa dignidad «precede a toda concesión del Estado». Son palabras de León XIII, el Papa social de 1891. Son también las palabras que fundaron el derecho natural cristiano del que nacimos. 

Cuando las campanas de la Sagrada Familia repiquen el 10 de junio al atardecer, no sonarán solo para Barcelona. Sonarán para Caracas y para Lima, para Ciudad de México y para Santiago. Para todos los que hablamos esta lengua y rezamos a esta Virgen y llevamos en la sangre, aunque a veces no lo sepamos, el espíritu de ese hombre que murió como un mendigo y construyó como un ángel.

Esas campanas también son nuestras. «Alzad la mirada».

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