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Columna de Sofía Brahm: Más subsidiariedad, no menos de ella

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Las protestas sociales iniciadas en octubre y los múltiples sucesos que se arrastran desde entonces han puesto en evidencia la falta de vínculos sociales robustos y principios de unidad que nos ayuden a recordar que todos formamos parte de una misma comunidad política, con historia y desafíos compartidos.

Muchas veces los dardos se apuntan contra el componente subsidiario de la organización política de Chile, como si este principio fuera la causa de la falta de vínculos y no su componente salvador. Puesto que si bien la subsidiariedad busca ponerle un límite (deseable) a la acción del Estado, esto lo hace en virtud de fomentar la vitalidad de la sociedad civil y de las comunidades.

Creo que para robustecer la cohesión social de nuestro país el Estado tiene que fortalecerse en términos subsidiarios, necesitamos más subsidiariedad y no menos de ella. Y con ello me refiero a que el Estado debe fomentar más las llamadas comunidades reales, las que nacen de la tendencia espontánea del hombre a relacionarse con otros y a crear asociaciones más o menos estables como la familia, los grupos de amigos, las comunidades de barrio, los gremios, los sindicatos.

Una sociedad que se gesta desde abajo, comenzando por los hogares y promoviendo el asociacionismo, tendrá las herramientas necesarias para prevenir la emergencia de líderes populistas que quieren acaparar para sí todas las decisiones de orden social, o de grupos homogeneizantes que totalizan en sus discursos todos los ideales sociales.

La única explicación plausible para el rechazo al principio de subsidiariedad se debe a que este ha sido incorrectamente comprendido y aplicado como una necesidad de un Estado pequeño y abstencionista. Sin embargo, la subsidiariedad invita a la intervención y a la asistencia. Su mismo nombre viene del latín subsidium que significa refuerzo. Este subsidio o refuerzo se da en virtud de otro principio que es inseparable de la subsidiariedad, este es la solidaridad, la que nos recuerda que el bien común es responsabilidad de todos pues todos somos dependientes unos de otros.

Habitar la casa común implica tener una historia y destino compartido, con responsabilidades imputables para cada unidad social. Y esa responsabilidad social solo puede emerger cuando somos protagonistas de nuestras acciones y emprendimientos.

Subsidiariedad es valorar al otro y su don único, su originalidad, es querer que el otro aporte, que no sea invisible si no protagonista. Es creer en el otro y no creerse los mejores. Es abrirse a la articulación plural de la sociedad.

Pero sin desentenderse. En las relaciones humanas tenemos que entender que lo que nosotros hagamos va a repercutir en el otro y, por ende, somos responsables unos de otros. Debemos actuar con esa responsabilidad y procurar, dentro de lo que esté a nuestro alcance, el bien común. La autoridad, por su parte, debe procurar coordinar estos múltiples esfuerzos comunitarios producidos por la libertad asociativa, sin suprimirlos ni ahogarlos sino asistiéndoles para que puedan ser verdaderamente protagonistas.

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