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A un año del 18-O. Desafío: superar las divisiones

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Se cumple un año del “estallido social” que supuso un golpe fuerte a nuestra convivencia y un signo de que la aparente “normalidad” vivida hasta esa fecha, no era tal.

Aún queda por esclarecer una parte de la violencia desatada, muy fuera de lo común para protestas sociales del pasado. Una gran interrogante aún no despejada del todo que, ojalá, se despeje en honor a la verdad y justicia.

Así y todo, el cambio dramático que el estallido supuso en la convivencia nacional nos trajo a los chilenos grandes tareas y exigencias. Destaco algunas.

Por de pronto, renovar la conciencia democrática y vocación de respeto a los derechos humanos. Chile cumple 30 años de democracia que hemos construido con dificultad y mucho sacrificio. No es justo destruirla. El estallido del 18 de octubre dejó en evidencia que no todos se sienten parte activa de esa democracia y de los logros de una “sociedad de bienestar” en que sus éxitos no están repartidos en forma justa. Un desafío enorme que debe ser reparado con urgencia.

Somos una sociedad pluricultural. Es innegable que en ese punto hay un gran déficit. La real integración de los pueblos originarios no puede seguir en buenas intenciones. Se debe llevar a la realidad a través de medidas y pasos concretos. La Iglesia católica, centro de estudios universitarios y diversas ONG han presentado innumerables y valiosas sugerencias en relación a los pueblos originarios y su integración, que requieren de una puesta en práctica. Una reforma o nueva constitución deben considerar este aspecto esencial, al igual que tantas otras constituciones del mundo.

Tres aspectos han sido reclamados en los últimos lustros: pensiones, salud y educación. En estas tres áreas deben darse pasos sustantivos para lograr una paz social y real justicia; “emparejar la cancha”, como se ha dicho tantas veces. Que la tercera edad no signifique entrar en una nueva forma de pobreza sino en el gozo de unos últimos años de vida en forma digna y feliz.

Construir sociedad supone generosidad, apertura a la diversidad y acogimiento de las ideas del otro. Navegamos en el mismo barco en que el bien de unos debe repercutir en el bien de los demás. No es utopía: es sentido común. En esta historia ganamos o perdemos todos.

Chile es mayoritariamente cristiano. De los evangelios brota el amor a los demás, la solidaridad, respeto y afán de justicia. No vemos en el otro un extraño ni menos un enemigo. Vemos una persona igual en dignidad y derechos, que requiere atención y respeto. Y eso no se logra solo con más leyes sino sobre todo por la profunda convicción de que debo tratar bien al otro, aprender de él y considerarlo como un igual.

Es sintomático que una parte de los manifestantes hayan buscado renombrar a la plaza Italia como “Plaza de la Dignidad”. La dignidad pasa por “dignificar” al otro, respetarlo en su integridad. Resulta una justa provocación para un tiempo en que la persona debe ser colocada al centro de nuestra atención; buscar caminos de “dignificar”, regalar un “bien estar” en la sociedad como ciudadanos iguales en derechos y deberes para con ella. Es posible un Chile más justo, fraterno, en paz y prosperidad

P. Hugo Tagle M.

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