Resulta difícil hablar de la muerte de Jesús, especialmente en un año como este en que de cerca o de lejos hemos tocado la muerte de muchos. Resulta difícil vivir los oficios de Semana Santa conectados por Zoom. Estamos cansados. Sin embargo, este año nos fuerza a vivirlo “puertas adentro” casi nos obliga a acompañar al Dios hombres en el silencio, la intimidad y la contemplación.
Tal vez este es el momento de confiar en que “Dios hace nuevas todas las cosas” y que esta Semana Santa puede ser única, a pesar de las dificultades que vemos a nuestro alrededor. Jesús con su muerte nos comunica una tremenda declaración de amor. Aquí no hay criterios que dividen, que separan o distinguen. Su muerte es una verdadera explosión de amor que se derrama a toda la humanidad. Lo hace a través de un acto, porque muchas veces en la comunicación sobran las palabras. Somos nosotros los que en ocasiones le ponemos más peso a la cruz de nuestros hermanos con la indiferencia, el silencio y la incomprensión. Qué mejor momento para reflexionar sobre lo que nos separa de otros, lo que nos da miedo, lo que nos aleja de los que viven o piensan de una manera distinta.
Tal vez esta es una buena oportunidad de buscar lo que nos une: la humanidad, el deseo de todos de construir un mundo. Ojalá esta Semana Santa el amor de Dios, manifestado en la Cruz transforme las tinieblas de la humanidad y nos traiga la luz de la unión, de la apertura y de la comunicación, que siempre exige de nuestra parte un acto -a veces doloroso- de amor. Que todos este domingo pasemos junto a Cristo desde la Cruz a la Resurrección
María de los Ángeles Errázuriz, Directora Ejecutiva de la Fundación Voces Católicas

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