04/08/2021
Home / Actualidad  / Felicidad y sentido de vida ante el desafío de la salud mental

Felicidad y sentido de vida ante el desafío de la salud mental

“[…] nada terreno puede saciar los deseos” Santo Tomás de Aquino La vida tiene aspectos sencillos y otros complejos: ciertas cosas o sucesos los podemos comprender fácilmente, pero, sin embargo, con nosotros no sucede lo mismo.

“[…] nada terreno puede saciar los deseos” Santo Tomás de Aquino

La vida tiene aspectos sencillos y otros complejos: ciertas cosas o sucesos los podemos comprender fácilmente, pero, sin embargo, con nosotros no sucede lo mismo. Somos difíciles de entender y también de conseguir ese logro al que todos aspiramos: la felicidad. Algo puede ayudar en esto el análisis de las dimensiones personales que presenta un conocido educador español recientemente fallecido (Abilio de Gregorio). De cada una brotan unas necesidades cuya satisfacción influye en la felicidad con un peso distinto, y que, de no identificarse correctamente, la pueden poner en riesgo. De ahí los efectos en el desafío del bienestar y salud mental. 

Se trata de las dimensiones biológica, psicosocial y de sentido. Las necesidades de la primera se satisfacen materialmente y provocan placer o, en su defecto, dolor. Sus tendencias son necesarias para la supervivencia, y, al responder al instinto, requieren de la templanza o autodominio para moderarlas y ordenarlas. Los bienes materiales y lo que generan son medios necesarios – pensemos, por ejemplo, en alimentos, ropa, dinero o instrumentos-, pero necesitan ser ordenados para contribuir a la felicidad, pues por su dinámica intrínseca generan nuevos deseos dado que no nos pueden saciar totalmente. Por eso esta dimensión no es suficiente por sí misma y requiere de otra superior. 

La dimensión psicosocial es más elevada y más apunta a la afirmación del yo, a la seguridad interior. Sus necesidades, de orden afectivo, se orientan al reconocimiento y aceptación propia y ajena. Esta necesidad de estima y aprobación suele traducirse en búsqueda de fama, alabanzas, éxito laboral – académico, poder, etc. Su logro genera alegría, y tristeza su contrario. Aparece aquí, sin embargo, el riesgo de la vanidad y amor propio desordenado, la búsqueda frenética de satisfacciones personales, incluso a costa de la paz interior que brota de una conciencia abierta al bien y asentada en la verdad. Por eso también esta dimensión requiere ser ordenada por la justicia y ser perfeccionada a partir de una dimensión que le dé mayor perspectiva.

Por fin, la tercera dimensión es la trascendente o de sentido: la espiritual y apunta más allá de la persona, a algo o Alguien que la trasciende y puede dotar su vida de sentido. Es todo aquello bueno capaz de ser referente absoluto y permanente como la entrega al bien de los otros, el aporte creativo para mejorar cuanto nos rodea, el conocimiento de la verdad, una vida moralmente buena y, sobre todo, la relación con Dios, que nos trasciende y es Origen y Meta de nuestra vida. Dios aparece aquí como el Bien Supremo capaz de saciar los deseos más profundos. La integración adecuada de esta tercera dimensión implica una madurez que permita discernir entre lo subjetivo y el bien en sí mismo y obrar en consecuencia saliendo así de uno mismo y superando el egocentrismo. Por eso completa y perfecciona las anteriores dimensiones. La satisfacción de esta necesidad de sentido genera -incluso en medio de vaivenes- una serenidad profunda y estable, mientras que su ausencia provoca vacío y sinsentido interior.  

Esta dimensión es clave para el equilibrio interior y la felicidad hasta el punto de que la posesión de un bien lo suficientemente trascendente y valioso, genera tal plenitud interior, que permite sobrellevar con paciencia las insatisfacciones de las dimensiones biológica (cansancio, enfermedad, carencias físicas) y psicosocial (rechazos, incomprensiones, humillaciones, dificultad en relaciones interpersonales). La razón es porque se mueve en el ámbito de los fines y no de los medios que, por lo mismo, de alguna manera se relativizan y pueden encajar en un sentido trascendente. 

No nos extrañe que el gran sabio Tomás de Aquino, que abordó aspectos vitales de la persona humana con mucho interés y profundidad resumiera a su estilo lo que implica la felicidad: 

“[…] la felicidad es llamada bien perfecto, como si integrara en sí misma todo lo deseable. Evidentemente ese bien no es un bien terreno; pues quienes poseen riquezas, desean todavía más, quienes disfrutan de los placeres aún quieren disfrutar en mayor medida, y lo mismo sucede en las restantes cosas. Y si no buscan más bienes o placeres, sí desean, por el contrario, conservarlos o sustituirlos por otros. Nada duradero se encuentra en las cosas terrenas, luego nada terreno puede saciar los deseos. […] [ni hacernos plenamente felices]. Por otra parte, la perfección final y el completo bien de cualquier cosa dependen de algo superior, porque hasta las mismas cosas corporales se vuelven mejores por su fusión con otras mejores, peores al mezclarse con otras peores; como cuando se mezcla oro con plata mejora ésta, mientras que si se mezcla con plomo resulta de peor calidad. Consta que todo lo terreno es inferior a la mente humana (lo espiritual). […]. Además, la mente humana conoce el bien universal a través del entendimiento y lo desea por medio de la voluntad; el bien universal únicamente se encuentra en Dios. Luego nada hay que pueda hacer feliz al hombre, saciando su ansiedad, más que Dios” (La monarquía, I, 8, 26-28). 

Lo trascendente -especialmente la relación personal y viva con Dios- da su verdadero sentido y orientación a lo relativo a lo biológico y psicosocial, asumiéndolo y a la vez elevándolo. Lleva consigo necesariamente la práctica de ciertos hábitos morales perfectivos -denominados virtudes- que facilitan la integración de las dimensiones. Por eso contribuye a la felicidad al ordenar todo lo demás y darle su sentido más integral, aunque en esta vida aún no pueda ser perfecta ni completa.

Por Esther Gómez
Directora de Formación e Identidad, UST


Comparte